lunes, 9 de junio de 2014

JOSÉ CARLOS VENEGAS en Las Ventas frente a Cuadri (Miguel Moreno)

Esto se acaba, pero de vez en cuando sentimos aislados y bellos cantos de ruiseñores. Un cantar era Las Ventas la otra tarde cuando apareció para confirmar su alternativa José Carlos Venegas. Él es esa melancolía producida por el recuerdo de lo inmarchitable, es la visión desgarradora de lo auténtico, es un quejido callado, un lamento inconsolable, es la pena por lo vivido que no volverá y que te postra en el azar. Desmadejado me dejó este torero al que intuí el hambre voraz que traía de triunfo presente y de gloria futura. Un grito de desafío lanzó a la inmensidad de sus sueños. Quería transformar su realidad desconsolada en futuro esperanzador.


Se hizo presente con la muleta en la mano izquierda ante el sexto. Fiero toro de Cuadri insuficientemente picado, cuello largo, artero instinto, buidos pitones, ojos desorbitados. No elaboró ante él ningún preámbulo, ninguna puesta en escena que hubiera centrado al público orejófilo, festivalero y de aluvión. Lució la verdad sincera y descarnada de su toreo y no adornó su aspiración crepuscular con lances ventajistas. Se mostró tal cual es. Expresó su hablar dolorido con tartamudeo emocionado. Sacó desnuda su sangre roja en procesión por el mayo madrileño. Se abandonó al misterio de las noches frías pasadas en las serranías jiennenses de verdes olivos. Noches de valor y grana, de locura y arte, de técnica y tristeza, de bohemia y dolor.

Fotografía tomada del blog Larga Cambiada

En un natural de mano baja se abandonó al encanto de su suerte y el toro lo despreció. Hay toros que acaban con cualquier rima, toros que tienen estiletes por defensas y bramidos tienen que rasgan los versos al atardecer. Y siendo así lo elevó como si fuera seda humana, lo zarandeó de uno a otro pitón con tragedia de puñales desenfundados. Lo hizo girar sobre si mismo en una voltereta mortal y sin caer a la arena volvió a tratarle como un guiñapo roto e indefenso. Al tercio lo llevaron sus compañeros angustiados y agua le escanció sobre la nuca su mozo de espanto. Ido vagaba, perdido deambulaba y en ese quebranto, en ese drama de desolación, al toro buscó y en él se atrincheró.


Como un muñeco de guiñol, únicamente sujeto por los delicados hilos de su arrebato, así citó de nuevo al toro con la siniestra y el aficionado consciente de que estaba asistiendo a la épica del arte arrojado se entregó a él sin dilación. Con armas, bagaje y amor a Venegas se inmoló. Y cada olé era un alarido de sorpresa, un suspiro sobredimensionado por el sobrecogedor eco de la plaza, una emoción que ya nadie podía encerrar, un temor que hacía amar. Cabizbajo, lento y lloroso partió hacia la salida buscando una explicación. Yo supe que sobre su soledad llevaba un clamor de toros en estampida celestial. Toros que vuelan entre olivos, soles y sudores se le entregarán en hermosos naturales sin fin.

Miguel MORENO GONZÁLEZ



3 comentarios:

Anónimo dijo...

Leyéndolo le entran a uno ganas de ser torero. Gracias por plasmar la Tauromaquia de verdad.

cadahalseño dijo...

Pues, amigo anónimo, coja los trastos y... ¡al toro!

Un saludo.

Anónimo dijo...

Qué orgullo debe sentir Venegas.

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