lunes, 2 de noviembre de 2009

Ni un minuto de toros en TVE-1

Y para dejarlo clarito, a los toros dedicó “la primera” el programa “59 segundos”.

El ente público RTVE tiene la obligación y meta de satisfacer el interés público, a diferencia de las entidades mercantiles que operan en el ámbito audiovisual cuyo objetivo es el lucro, lo que traducido al sector televisivo supone pelear por ganar audiencia. Pero los dirigentes del ente en los últimos años parecen haberse olvidado de su esencia de servicio público para acomodarse, no sólo al servicio del partido gobernante (maldita y antidemocrática costumbre de todos los gobiernos y partidos), sino también a los gustos personales de los dirigentes. Y como los gustos de los miembros del gobierno español no parecen ser precisamente taurinos, los responsables de TVE de los últimos años han decidido que en “la primera” se acabaron los toros (salvo para noticias sanguinolentas). Y en "la segunda " se limitan a mantener en horario basura el programa “Tendido Cero”, para lucimiento de la verborrea barroca de sus presentadores. Yo me malicio que este programa sigue en parrilla por malo.

La semana pasada, quizás como señuelo para desviar la atención del edificio de la política española, convertido en pudridero por cuyas grietas sale un olor hediendo y pestilente cada vez más difícil de soportar, y aprovechando que se va a tratar la cosa en el parlamento catalán, dedicaron este programa de actualidad a los toros, para ver si hay que prohibir el espectáculo. Esto de las prohibiciones por ley está tan de moda y atenta tan gratuitamente contra la libertad de las personas, que se ha llegado a sinrazones tales como prohibir fumar en recintos en que todos sus ocupantes están conformes con hacerlo.

Pues bien, para tal fin había que seleccionar protagonistas. En el bando antitaurino sobresale un escritor, coherente e inteligente, cuyo tradicional artículo en El País supone anualmente el cohete anunciador de la feria de San Isidro. Manuel Vicent, que además tiene un libro dedicado al particular, es brillante también en su sosegada exposición oral, por lo que habría sido un digno e interesante defensor televisivo de la causa prohibicionista. Pero mire usted por donde, el ente anda más preocupado por las audiencias que por el servicio público, y como el coeficiente intelectual parece estar en proporción inversa al índice de audiencia, prefirió buscar entre el famoseo antitaurino y eligió lo que estaba más en tipo belenesteban y sentó en el plató a Pilar Rahola, siempre previsible, impertinente y aguda (no de mente, sino de timbre). Como oponente seleccionaron al extravagante Dragó, éste sí, culto e inteligente, pero cuyo hiper-ego hace palidecer tales virtudes.

La señora Rahola (que paradójicamente apareció con un look Cruella de Ville) recitó la letanía manida, rancia y ajada del antitaurinismo, que ya de vieja huele a naftalina, y nos intentó convencer de la necesidad de acabar con el espectáculo para poder avanzar todos juntos, y ella la primera, por la senda del "progreso"... ¡que iniciaran los Papas medievales! (esto lo apunto yo para situar debidamente el origen del prohibicionismo). Sobre la retahíla de argumentos en pro y en contra de taurinos y antitaurinos ya se ha escrito y hablado hasta la saciedad, y repetir la mayoría de las necedades que suelen esgrimir cada uno de los bandos es ocioso. Pero sí me gustaría hacer fructífero tan estéril debate. Concretamente, la señora Rahola apeló a la necesidad de suprimir las subvenciones que las Administraciones Públicas otorgan a tan bárbara distracción, organizando un referendo a escala nacional sobre su conveniencia. Esta señora desconoce, por poner un ejemplo, que la Comunidad de Madrid concede estas subvenciones con el dinero de los propios abonados cautivos de Las Ventas, como ya demostré en una entrada anterior. Pero no me propongo analizar si las cifras que se manejan son o no correctas. Lo verdaderamente útil es abrir el melón del debate público sobre las subvenciones, pero no sólo de los toros; debatamos sobre todas y cada una de ellas, ya las conceda el Estado, la Unión Europea, las Comunidades Autónomas, las Diputaciones Provinciales, las Mancomunidades de municipios, los Ayuntamientos y demás variadas especies de administraciones públicas; hagamos una relación completa, cuantifiquémoslas una por una, sepamos su porqué y sobre todo dígase el nombre y apellidos de los dueños de los bolsillos donde acaban los dineros. Propongo que empecemos por las subvenciones a los partidos políticos, en uno de los cuales se dio a conocer la señora Rahola y que le sirvió de trampolín, una vez separada del cargo, para su actividad de bolos televisivos. Sigamos después por las de sindicatos, organizaciones empresariales, productoras cinematográficas de películas que no llegan a estrenarse, etc. Por ese camino tendrían buen tajo los parlamentarios catalanes para discutir sobre la conveniencia y destino de subvenciones tales como las del Palau de la Música o el ‘Estudio sobre la genética de la lenteja en Mauritania’. Y, una vez conocidas cuantías, objetivos y destinos finales de los dineros, sometamos a referendo de la nación, una a una, todas las subvenciones públicas. ¿Vale?

¡País!



Nota: Publicado originalmente en el blog estrapicurciela
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