martes, 24 de enero de 2012

Epifanio "Mozo": un picador de época (y II)

Unos días después volví a la casa de Mozo. Esta vez me recibió su hija.

Retomamos la conversación, sentados en los mismos asientos.

Aranjuez. 1983

M.- Hoy tengo prisa porque tengo que ir a una comida, que me lo han pedido. El otro día hablamos de Picasso. Te voy a contar el festival que organizó en Francia.

Imagen tomada del blog "Los toros con Agustín Hervás"

C.- Soy todo oídos.

M.- Hay un río que hacía frontera entre la Francia taurina y la antitaurina. Se organizó en un pueblo pequeño, Vallauris, donde vivía el barbero de Picasso, que era de Buitrago, en cuya casa nos vestimos. La plaza era portátil. Era tierra prohibida. Picasso cumplía 80 años, y le dieron un homenaje internacional; había banderas suspendidas de globos en el aire. El festival debió de ocurrírsele a Luis Miguel, en connivencia con el gobierno de Franco. Se llevaron dos novillos para Domingo Ortega y otros dos para Luis Miguel. Las gendarmes se negaban a autorizar la corrida, pero las influencias de Picasso consiguieron que se permitiera, aunque sin sangre. Por ese motivo no podía haber picadores. Así que la policía nos tomó la filiación, y trataron de impedir que salieran los caballos. Yo salí en el primer novillo de Luis Miguel, con Picasso de presidente en el palco, y a su lado su mujer Jacqueline y  Lucía Bosé. La entrada era gratis y la plaza se llenó, y eso que agrandaron el ruedo. Cuando llegó la hora de matar, que se había prohibido tajantemente, Luis Miguel miró a Picasso y éste hizo el gesto del César, con el pulgar hacia abajo, ordenando la muerte del toro. Yo, que por aquel entonces estaba en la cuadrilla de El Viti, fui citado por un juzgado francés; se lo dije a Luis Miguel, porque mi problema no era que si no me presentaba no me dejasen entrar en Francia a ejercer mi oficio, sino que no me dejaran salir. Luis Miguel contestó que se lo llevaría a su administrador, don Servando, éste se lo mandó a Picasso, y nunca más me volvieron a molestar con este tema. Esto fue en octubre o noviembre de 1961.

Carteles picassianos de toros de Vallauris 1957 - 1960

C.- Sí que tenía mano Picasso en Francia, sí. Bueno, cuénteme que es para usted picar a un toro.

M.- Picar un toro es la misma esencia del toreo, porque es lo que va a permitir torear al torero, que es el protagonista. Yo no quiero palmas para mí y pitos para mi torero. Prefiero que me piten a mí y aplaudan a mi torero, porque es la forma en que volveremos a esa plaza a torear.

Echando la vara en una corrida concurso. Valladolid, 12/05/1984.

C.- Si le parece, pasemos a los aspectos técnicos. Empecemos por la puya. ¿En qué ha cambiado?

M.- No mucho; la puya tenía un encordelado con 29 líneas de pirámide y hoy tiene 27. A América había que llevar las puyas, selladas y precintadas, y el encordelado había que cambiárselo por las noches (me enseña el ovillo que aún guarda).

C.- ¿Tiene que ser especial la vara?

M.- Bueno, para empezar, la mejor madera para la vara es la de haya. La vara empieza con una longitud de 2,5 metros y luego va bajando a medida que se rompe. Las hay con “muerte”, pero a mi me gustaban derechas, con poca muerte. En cada plaza, la vara que me gustaba la señalaba con una etiqueta, que ponía: “Mozo”. Con las varas rectas es más fácil el marronazo. La policía miraba si el filo de la pirámide estaba hacia abajo, porque consideraban que podía producir el rasgado de la piel. Pero yo nunca vi la diferencia. Hubo una puya con farolillo, que le tocó a Rafael Llorente en Madrid, en sustitución de la arandela; y que la quitaron. Fue hacia mil novecientos cuarenta y tantos.

En el patio de caballos. 1985

C.- ¿Qué más diferencias había en caballos y petos?

M.- Los petos eran de lona y algodón y pesaban menos que ahora. Los aparejos no han cambiado. Ahora, como los caballos duran más tiempo, están mejor domados. Una vez, un caballo no me obedeció y le taladré la oreja para señalar que no podía ser utilizado.

C.- Y de los toros ¿qué me dice?

M.- A todos los toros de entonces había que picarlos, aunque eran más chicos que los de ahora. Antes el torero decía al picador: “dale”. Ahora: “cuídale”. Había una ganadero, Prieto de la Cal, que daba 500 pesetas de propina por corrida y no se quejaba de que la dieran leña. Ahora sobran kilos y el paripé de muchas tardes. Antes, de 60 toros, 45 salían fuertes.


Mozo en el tendido de Cadalso de los Vidrios en 2010
Foto de Rafa Carlevaris

C.- ¿Cómo ha de ejecutarse la suerte? Porque desde que Atienza inventó la carioca...

M.- La carioca no la inventó Miguel Atienza. Se inventó cuando apareció el peto, porque antes era imposible. En cuanto a la ejecución, lo primero es que te pongan bien en suerte al toro en la raya. Por cierto que lo de las dos rayas, que promovió Domingo Ortega, es sólo algo vistoso. A mí siempre me ha gustado que me lo pongan “delantero” para que se arranque al estribo. Después, para frenar al toro hay que echarle larga la vara; esto hace que en ocasiones se te queme la palma de la mano. Sabes que has hecho diana cuando la sangre sale por delante y no por atrás. El sitio es donde acaba la cruz y nace el morrillo, más arrimadito al morrillo que a la cruz. Es donde el toro mejor descuelga. Por eso me pedían “dale delantero, vamos a ahormarle”. Si clavaba en la yema, ahormaba al toro y no era necesario un segundo puyazo, porque hacía mucha sangre. A propósito, recuerdo en 1946 una corrida con Rafael Ortega en Algeciras, sin callejón, con toros de Pablo Romero, que di un puyazo en la yema, y rápido Domingo Dominguín, que era el apoderado, dijo “cambia, cambia”. Y si les das un puyazo fuerte, los toros se mean en hilo.

En burladero de callejón, Cenicientos, 2011. Foto de Rafa Carlevaris

C.- A los picadores no se les aplaude normalmente...

M.- A mí en una corrida en Madrid con El Viti, uno de Pablo Romero se llevó enhebrada una puya, y no había manera de quitársela. Hice que volvieran a ponerle en suerte, tiré la segunda vara y agarré la primera, la di un pequeño giro para que se soltara y fui muy ovacionado.

C.- ¿Qué ganaderías ponen más dificultades a los picadores?

M.- En mi época las de Pablo Romero, Conde la Corte, Isaias y Tulio Vázquez, Samuel Flores, Prieto de la Cal, que tenían la piel áspera, Miura, que la tenían fina... Los de Buendía eran chicos pero con picante, le iban bien a Arruza, por su toreo movido, y a Camino que los hacía una faena breve, sin dejarlos pensar. Y los Palhas, que eran toros de tres puyazos. Recuerdo uno de Palha en Oviedo que, con el palo metido, me derribó.

C.- Usted no tuvo ninguna cogida, pero sí alguna fractura.

M.- Sí, tuve una cogida, pero en el callejón de la plaza de Cali cuando un toro saltó la barrera. Y me fracturé la pelvis en Madrid, al caerme p’adelante en el patio de caballos y topar con la “perilla” de la montura. Fue en la Feria de San Isidro de 1977, iba con Macandro, y tuve el récord de permanencia hospitalizado en el sanatorio de Toreros: desde el 14 de mayo hasta el 19 de agosto. Precisamente, en la operación que me hicieron me pusieron un hilo metálico, que me pitó en el arco detector cuando fuimos a ver a Alfonso Guerra a su despacho, yo como representante del Sindicato de Picadores, para pedir una rebaja de los impuestos de las novilladas. No nos dio ni buenas palabras.

C.- ¿Le habría gustado que sus hijos hubieran sido picadores o toreros?

M.- Ni mis hijos, ni mis sobrinos han continuado la dinastía. Yo no animé nunca a mi hijo, pero si hubiera sido picador lo que habría deseado es que lo fuera de verdad. Porque una cosa es ser torero y otra tener carnet de torero. Un día, un amigo de Quismondo me dijo: “te saliste con la tuya, siempre dijiste que si no valías, que te matara un toro”. Pero eso sí, si yo volviera a nacer, no dudaría en volver a ser picador.

Miró el reloj, se levantó y me propuso tomar una caña en el bar de al lado de su casa, antes de partir para su compromiso.

M.- Mira, este cuadro me lo regalaron en el homenaje que nos dieron el 15/11/1985, unos días después de mi retirada en Alicante, a mi hermano Mariano y a mí en el hotel Victoria. Esta casa la compré cuando estaba con El Viti. La anterior estaba en Legazpi y desde allí iba a torear en calesa con los demás de la cuadrilla, enfrentados tres a tres, y no veas qué calor se pasaba en verano, porque además había días que echábamos más de dos horas en el recorrido.

Han sido cuarenta años de profesión, cientos de miles de kilómetros por tierra, mar y aire, más de tres mil corridas cotizadas al Montepío de Toreros, que no pueden resumirse en cinco folios. Esto es solo una pequeña muestra de la historia de Mozo, el decano de los picadores, un joven de 90 años que sigue abonado en la plaza de toros de Las Ventas, y a quien puede verse en los cosos de muchos pueblos de los alrededores, o en la zona de Ventas, cualquier día, charlando con sus amigos, con caña y tapa, o echando la partida diaria.

Gracias y hasta la próxima, Epifanio.


La foto de Mozo es de LUPIMON y corresponde a una corrida de toros en Cadalso el 14/09/2008.

Enlace: Mozo en opinión de Pepe Dominguín, en su libro "Mi gente" (tomado de la página web Escena Taurina):

El Mozo” es para todos nosotros un ser especial, fuera de seria. Aún duraba la Guerra Civil, cuando un día, contaría por entonces unos 17 años, se presentó en “La Compaza” demandando trabajo. La abuela Pilar le dio un trabajo eventual en la Gañania. “El Mozo” era corpulento, fuerte, serio y callado. Trabajador y honesto a carta cabal. Cuando regresamos de Lisboa ya llevaba unos meses en estos menesteres y allí siguió cuando terminó la contienda y nos iniciábamos como toreros. “El Mozo”, aparte de otras muchas cosas, se encargaba de despertarnos al ser de día, apareciendo en la cocina abrazado a una cepa de encina, de cerca de 100 kilos de peso, que ponía sin gran esfuerzo sobre los rescoldos de ascuadriles del día anterior, que calentaban las tarinas próximas, donde sobre las tablas dormíamos Miguel y yo.

Su corpachón era demasiado abundante en tala y anchuras como para pensar en embutirse en el traje de torear de un hombre de a pie. Y “El Mozo”, con nuestro consejo decidió hacerse picador. Que fuerza y potencia no le fallarían. “El Mozo”, a estas alturas, no había visto en su vida un toro bravo, como no fuese en las revistas taurinas, que fue casi la carretilla todo, yo le enseñe a leer.

En los meses de temporada comenzó su aprendizaje. Primero como mozo de cuadra y después como picador de reserva a las órdenes de Veneno y Salcedo, que alquilaban a las empresas los caballos para picar. Poco a poco fue haciéndose al manejo de las monturas, de las puyas y de petos y también se hizo ducho en caídas y golpetazos, donde a veces las babas de los toros se le acercaban calientes y verdosas a su propia cara.

Cuando cesaba la temporada regresaba a “La Companza” para hacer lo que hiciese falta, pues tanto se le daba hacer una cochura de pan, cavar la viña, echar unos surcos, como en las fechas de la matanza destrozar un guarro, amasar y embutir los chorizos o apilar los jamones después de salados.

EL Mozo” hacia todo y todo lo hacía bien. Luego iría integrando su familia a nuestra casa, hasta convertirlos en parentela creciente y querida.

Cuando “El Mozo” cumplío los largos días de aprendizaje, toreo conmigo y después pasó a la cuadrilla de Luis Miguel. Para entonces ya era “El Mozo”, Epifanio Rubio Borox, un gran picador y además fundador de una dinastía de varilargueros, todos buenos profesionales, pues, sus hermanos, tanto Mariano como “Chiquillín”, se despidieron del azadón, la pala y la vida campesina para integrarse en las relucientes y vistosas cuadrillas de lidiadores de reses bravas.

El Mozo” ha sido en el largo curso de nuestra azarosa vida el primero en alegrarse con nuestras venturas y el último en abandonar nuestros pesares, y su impotente presencia humana, silenciosa, cabal y amiga, ha sido testigo entrañable de nuestro pequeño y apretado mundo familiar.

3 comentarios:

Anónimo dijo...

Siempre me dijo mi padre que era el mejor picador que había visto, por su regularidad.
Un saludo.
Javier H.

Javier dijo...

Maravilla, entrevista y personaje, toro y torero, al mismo nivel. Enhorabuena

cadahalseño dijo...

Gracias Javier, pero el grande es Mozo.

José Luis

Agustín Ríos, 'el de Cádiz', in memóriam. Las Ventas, 24 de septiembre de 2017

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